“El país urbano no sabe lo que es la guerra”: Francisco de Roux

 

Elpaís.com.co. Domingo, Noviembre 30, 2014 | Autor: Olga Lucía Criollo | Reportera de El País

 

"El país urbano no sabe lo que es la guerra": Francisco de Roux

“Estos procesos necesitan crítica y debate, pero también necesitan respeto, ya que aquí hay gente jugándose la vida hasta el fondo de lado y lado, y yo no he sentido eso en los medios de comunicación”, dice el sacerdote Francisco de Roux.
Elpaís.com.co | Hroy Chávez
Su hablar pausado, casi que meditado, se adivina en pugna con el deseo genuino de convencer a cada colombiano de que no hay opción distinta a la paz. Es el padre Francisco de Roux, cuya menuda figura parece agrandarse cuando sostiene que la politización del proceso de La Habana es muy dañina, cuando asegura que el país urbano aún no conoce la crudeza de la guerra y cuando lamenta la enorme resistencia que los diálogos tienen en el país.
Experto en conflicto social y desarrollo económico y tras décadas de trabajo con los campesinos del Magdalena Medio, el hasta hace pocos días provincial de los jesuitas en Colombia estuvo esta semana en su Cali natal en la Cumbre Nacional por la Paz y propuso que Gobierno y Farc hagan una tregua navideña “para dar una idea de las cosas que esperamos que cambien para los colombianos”.

 

¿Qué lecciones deja el secuestro del general Alzate y la suspensión de los diálogos con las Farc?

Que el proceso por la paz es definitivamente muy serio. Este acontecimiento repudiable y doloroso, lejos de lograr que se parara, profundizó y enriqueció el debate sobre la paz, llevó a los indígenas, que acababan de sufrir la muerte de dos compañeros por parte de las Farc, a tener la grandeza de extenderle la mano al victimario y proponerle que siguieran las conversaciones. También sorprendió la declaración de las víctimas que han ido a La Habana, que se unieron para decir ‘nosotros, que hemos sufrido la guerra de todos los lados, les pedimos que por encima de todas las cosas sigan adelante las conversaciones’.

 

¿Es imperativo que haya cese el fuego para que continúen los diálogos?

Este episodio también nos hizo ver lo difícil que es una negociación en medio del conflicto, porque todos los días hay muertes de jóvenes colombianos, del Ejército y la guerrilla. Por eso propondría, ya que no estamos en la posibilidad del cese de la guerra porque ese es el final de las conversaciones, que se hiciesen treguas experimentales, generosas y con veeeduría externa. Qué bueno que para Navidad se hiciese una tregua bilateral, de parte del Gobierno y la insurgencia, que se prolongara el tiempo que los colombianos queremos descansar, diciembre y enero, para dar una idea de las cosas que esperamos que cambien, mientras siguen las conversaciones.

 

¿Y cree que después de lo sucedido sí hay ambiente para esa propuesta?

Creo que la factibilidad depende mucho de la movilización de la opinión pública y de la invitación a que comprendamos que eso no le quita nada a la seriedad del proceso -que es muy duro porque los que están en la mesa han sido enemigos- sino que permitiría tener espacios en los cuales no haya atentados contra blancos civiles ni muertes ni combates. Sobre todo, quisiera que lo pensáramos desde las víctimas, el dolor humano es insoportable. La guerra está lejos de ser simplemente ejercicios militares, está llena de incertidumbre, mentira, odio. A los combates hay que entrar con la decisión de matar al otro, si no, te matan. La guerra ha dañado la política, la justicia, el campo y ha destruido entre nosotros el sentido de la vida. Los colombianos no podemos continuar en esta barbarie.

 

Hay mucha presión para que la paz se firme en el 2015, ¿lo cree posible?

Estos son procesos muy delicados y que hay que darles todo el tiempo que se merecen. Creo que llevamos 32 meses en este proceso, pero la paz en Filipinas se demoró, sino estoy mal, 87 meses; en El Salvador se demoró creo que 92 y en Irlanda 110 meses. Eso sí, considero muy urgente que durante este periodo presidencial se consiga un acuerdo definitivo en La Habana y con el ELN para que se inicie un proceso de construcción de paz, que es distinto a los acuerdos. Temo mucho que si no se da ahora, volvamos a vernos en un escenario semejante al que tuvimos al final del Caguán, cuando Colombia, desesperada, dijo ‘no creemos más en la paz, no seguimos haciendo esfuerzos ni búsquedas, vámonos a la guerra total’, y vivimos años supremamente duros, donde las víctimas se multiplicaron por centenares, y pienso que en estas circunstancias esa confrontación sería mucho más profunda y el dolor humano sería mucho más largo.

 

¿A eso se refiere cuando habla de la dañina politización del proceso?

Quiero ser claro, esa caricatura política que plantea que Santos es la paz y Uribe es la guerra no nos sirve para nada, este país tenemos que construirlo entre todos, necesitamos que el Partido Conservador se sume a la paz, que los del Centro Democrático hagan críticas serias pero que se sientan parte del mismo. Obviamente la política es la dinámica sustancial del debate sobre lo público, pero establecer con un lenguaje completamente primitivo que los unos son chavistas que le van a entregar el país a Cuba y que los otros son el fascismo o la dictadura de extrema derecha no conduce a nada.

 

¿Los colombianos son reacios a la paz?

El país urbano no sabe lo que es la guerra, lo sabe un poco por la televisión y cómo lo ve como si fuera una película no comprende la enorme responsabilidad humana, ética, que tenemos ante tanto sufrimiento. El país urbano conoce la violencia en la escuela, en la familia, contra la mujer y conoce la inseguridad en las calles, en los buses, entre otras cosas porque hay mucha corrupción administrativa y narcotráfico, pero la guerra es la barbarie total, donde el 80 % son víctimas civiles, como lo ha puesto en evidencia el Grupo de Memoria Histórica, son las 1982 masacres de las cuales los paramilitares hicieron 1166 y la guerrilla 343, los 27 mil secuestros hechos en un 90 % por la guerrilla, los 23 mil asesinatos selectivos, los 5 mil casos de desaparecidos, los 5 mil casos de daños contra bienes civiles, los centenares de ‘falsos positivos’, y las miles de víctimas de minas antipersonales; eso no lo conoce el país urbano.

 

Eso explica también la prevención sobre lo que sería el posconflicto…

El trabajo que se está haciendo en La Habana, de lado y lado, merece mucho respeto y la presencia de las víctimas allá me llena de esperanza, para no hablar de optimismo, pero las dificultades que tiene el proceso son gravísimas. La desconfianza de los colombianos con respecto a La Habana es mayoritaria, si hoy se hiciera un referendo, la paz perdería y todo ese esfuerzo quedaría vuelto nada.

 

Pero, ¿por qué la desconfianza?

Se tiene miedo y sí, hay elementos legítimos de parte del empresariado y confusión en la opinión pública, pero sobre todo una gran resistencia a los cambios estructurales que se originan en los acuerdos de La Habana, que no son revolucionarios y se necesitan para superar la exclusión, la inequidad y la corrupción, pero que desatan mucha oposición. Y también hay mucha resistencia a la justicia restaurativa, todo el mundo está de acuerdo en que no puede haber impunidad, porque todos los que estuvieron en la guerra le causaron costos muy graves a la sociedad y que hay que resarcirlos, pero si insistimos en hacerlo con venganza, y creyendo que el camino es la justicia penal, no va a haber salida.

 

Y esa desconfianza también ha permeado el estamento militar…

Las Fuerzas Armadas necesitan tener claro cuál va a ser su futuro, no podemos seguir teniendo 300 mil hombres en armas entre Policía y Ejército, ¿pero cómo les garantizamos a quienes lucharon con sinceridad por la seguridad de los colombianos que van a tener un futuro noble? Dificultad paralela es la angustia de los guerrilleros de la base sobre qué va a pasar con ellos y cómo solucionar el futuro de quienes participaron en el paramilitarismo, porque no se trata solo de solucionar el asunto de las Farc, es superar el conflicto armado en Colombia. Y está la preocupación por lo que se podría llamar la extrema extrema derecha, pues el país tiene una tradición muy dolorosa de esta gente que está dispuesta a matar a otros porque los considera inaceptables en la sociedad. Hoy en Colombia hay gente que, si lo de La Habana termina bien y los hombres de la insurgencia que están allá se incorporan a la vida política, dice: ‘déjenlos que vengan y verá que ninguno sale vivo’.

 

¿Le tocará a la Iglesia emplearse mucho más a fondo para lograr la paz?

Estoy convencido de que la paz necesita de un liderazgo ético y espiritual muy profundo, porque el problema colombiano es espiritual, de destrucción del sentido del ser humano. La Iglesia está trabajando, con la Pastoral Social y los esfuerzos de la Conferencia Episcopal. Ustedes tienen en Cali a un arzobispo, monseñor Darío Monsalve, que se la juega por la paz, que no tiene miedo a decir la verdad y que muchas veces, incluso, es incomprendido por sectores católicos de la misma sociedad por su audacia y por insistir en la justicia y en la paz para Colombia.

 

¿Cuál es el ‘sapo’ más grande que el país debe tragarse por la paz?

No me gusta esa expresión porque estoy convencido de que este país lo construimos entre todos o se acaba. Y para construirlo entre todos, todos tenemos que cambiar. Los empresarios tienen que entender que hay que darles amplías posibilidades al campesinado, que hay que darles posibilidades a los pueblos indígenas y a los pueblos negros y que tenemos que respetar la Constitución y que eso es compatible con el desarrollo de la industria y con los desarrollos tecnológicos que el país necesita, pero que los mercados y el crecimiento del país tenemos que subordinarlos a la grandeza del ser humano en Colombia. La guerrilla tiene que dejar las armas y con ello los secuestros, las extorsiones, los atentados. El Ejército tiene que acabar para siempre con los ‘falsos positivos’. La sociedad tiene que desmilitarizarse. Los políticos tienen que dejar la corrupción. Los colombianos tenemos que perdonarnos.

 

¿Qué no se puede repetir de otros procesos?

No podemos volver a tener dudas sobre la totalidad de la película en el proceso. Una vez que se sentaron en la mesa, no se pueden volver a levantar hasta que no se consiga la finalización del conflicto. También es necesario que no se consideren los diálogos, desde ninguno de los dos lados, como una forma de hacer política para ningún propósito. No se puede repetir el que se trabaje por fuera de la agenda que se ha establecido, porque si no es imposible conseguir acuerdos de fondo, y también es importante tener horizontes de tiempo para las negociaciones.

 

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