viernes, 5 de octubre de 2007: Día del camino

Los caminos, peregrinos del viento


 

Carlos-Enrique Ruiz

 

Canto a los hombres orgullosos
de llamarse constructores de caminos…

Aurelio Arturo

Yo voy soñando caminos/ de la tarde…
¿Adónde el camino irá?/ Yo voy cantando, viajero
a lo largo del sendero…

Antonio Machado


Los caminos van. Y retornan. Se pierden por los espacios del cielo, y por los meandros de la vida. Los caminos dan la sensación de ir por el mundo sin tropiezos. Ellos se prodigan en la geografía múltiple, por los valles con naturalidad, sin artificios, compiten con los ríos, y por las montañas escarpadas hacen prodigios al confundirse con la nube. En los tentáculos de montaña, por la cima, se distraen viendo el paisaje a lado y lado, pero a la vez son descanso reconfortante para el peregrino.

Los caminos nacen de los pies con ansias de conocer y sobrevivir. Con las huellas surgen los trazos, y detrás llega la apertura de trochas y los avances de la modernidad. Pero no dejan de ser caminos las carreteras y las autopistas. Y los rumbos aéreos. Senderos que se curvan con recovecos que exige la topografía de la tierra y el cielo, para hacer más fácil la excursión hacia sitios de ilusión y sospecha. Por ellos se desperdiga la vida, con alianzas y desuniones que los arrebatos del destino tienden como producto del azar. Los caminos no llegan, ellos se proponen seguir, incluso en estímulo de un término para el reposo. Van y vuelven, y en los intentos de retorno regresan como en suspiro la espiral.

Desde el aire los caminos son vericuetos que el azar teje para el escape, el regocijo, y para sostenerse la vida. Los caminos vienen desde el origen de los tiempos. Al comienzo, el viento y el agua. Y los magmas. Después, el trajín de la historia.

Caminos los hay protegidos por la sombra amiga de árboles sin recelo, y otros expuestos al sol canicular, que le saca sudor a la piedra. También se dan caminos para las recuas, con los héroes de a pie, los trashumantes que en el correteo conquistan a diario la soledad de montes, bejucales y praderas.

Los días curten a los caminantes y a los propios caminos. La callosidad se impone en la superficie y los entornos. Vida propia tienen los senderos, caminos de globalidad y equidistancia. A todas partes llegan, de todas partes huyen. El despliegue de sentimientos sobrecoge los caminos y los hace sumisos al diálogo en silencio, a la meditación con el bosque y la roca, con las aves del pasar en migración, o las de revoloteo entretenido. Por los caminos vamos de seguro a parte alguna, como en recurrencia del tiempo, como en sujeción al azar.

Caminos que se entrelazan con pensamientos, sin asirse del todo. Por sus rutas se escapa la gloria y la ruina. El tiempo detiene sus formas y las cuentas sin resumirse en los oídos de concavidades y pantallas que como imposibilidad reproducen el sonido mismo del eco.

Los caminos atraviesan las pasiones, toda ambición que recorre poblados, caceríos, ciudades, veredas. Surcan los destinos y convulsionan las manos en los giros de extravío.

Caminante no hay camino, se hace camino al andar, nos enseñó el gran Machado. Igual nos dijo que al no haber camino hay estelas en la mar. Los cielos agitados o serenos abren la perspectiva marina de los caminos. Y en su proyección se extenúa el vigor de las ansias que sorprenden en las mañanas los horizontes.

Son asiduos los caminos en soledad. El silencio los acecha en cada tramo, confundiéndose con la lluvia o con el susurro del río de abajo. Silencio para la meditación del peregrino, entre andurriales y sobrecogimientos. Los caminos no dejan de ser vigilantes fieles en el paisaje. En cada tramo, un asomo de luz, o el encanto de mirar lejos, o el encajonamiento transitorio del miedo.

La vida va ceñida a los caminos, como el fuego al manantial que lo genera. Manos de señalar distancias, o de reconocer el misterio de formaciones geológicas, o los rastros de otros caminantes perdidos en las distancias del tiempo y la geografía.

Por los caminos se crece y se consume la vida. Pero a la vez se renueva de continuo. Los caminos al existir son la posibilidad misma. Dan refugio al fugitivo y esparcimiento al iconoclasta, o al simple contemplador. Acogen miradas, siempre en soslayo. Del ir y venir, regodean el cansancio y promueven la reanudación de la esperanza.

Los caminos son delirio en el suspiro de los dioses, y fortines en las contiendas. En ellos las flores confluyen y los ramajes les saludan, con ánimo encendido y roce de gloria. El caminante recoge ese aliento al paso. Viajeros de cualquier naturaleza se sorprenden con la vecindad del infinito y lo lejano se aproxima en las curiosas miradas.

La superficie de los caminos es historia viva del acontecer en la humanidad. Épocas de contiendas, con caballos que afinaban las tierras y los conglomerados. Y los artilugios motorizados, luego, enfurecidos rugen sin consultar la inocencia del paisaje. Testigos son de las muertes, y de los gritos sin respuesta en favor de la vida, o de un poco de más lugar para el mañana. Los caminos son presente continuo, prolongación de la dicha y del sufrimiento, en coexistencia.

Por los caminos las náyades se la juegan con los torrentes. En manguala reconstruyen la meditación de seres inertes, o de los volátiles, y de quienes sobreviven al acoso de las fugas en delirio.

Hay caminos para reproducir las ansias en los destinos cruzados, o para los soliloquios del follaje. Caminos seguirá habiendo en tanto ocurra la mirada sobre las montañas, o en las llanuras que se confunden con el sol, y que agonizan en la noche.

Como los caminos, mis pasos serán largos, cantó el poeta Fernando Mejía-Mejía en la provincia de los riscos agitados, en cuanto la ciudad despertaba voces elaboradas en los pasillos de la inocencia. Caminos que se prolongan sin medida, más allá de cualquier lugar, y tan cerca siempre de las ganas de emprender jornadas.

Los caminos no llegan a la agonía. Ellos son perpetua lucha por la sobrevivencia de ilusiones y de enigmas, y de asonadas que doblan como las campanas en los instantes menos pensados. El camino vuelve a comenzar la historia, recontándose en sus entrañas, sin la pausa del viento, ni los artificios de la conciencia. Va por ahí, sin perder el tiempo ni congraciar la tentación de lo lejano.

Senderos, trochas, carreteras, autopistas,… estelas en los cielos y mares…, términos eufemísticos del camino. El camino engloba lo antiguo y lo moderno, en la fascinación del viaje. Peregrina la luz en los volúmenes de montañas, con los matices y contrastes propios de la naturaleza expuesta a la intemperie, y peregrinan los caminos que desenvuelven su acontecer propio en la geografía. Ideas en destello provocan en el viandante las ansias de agonía y los anhelos de conquista entre las sombras, o en la penumbra de unos brazos extendidos con la placidez de los reclamos.

Caminos surten los designios en anuncios de voltear y revertir, en tejidos que la memoria advierte en el humor de los peñascos. Cruces diseminadas señalan lo que fue sin volver a ser, y el entrecruzamiento de caminos rompe la monotonía, con apertura a otros rumbos, a más destinos.

La naturaleza recubre de pesadumbres el sendero que de permanecer sostiene el ritmo de la vida, y apresura las modificaciones que no consiguen las palabras en el abismo de los sonrojos.

Caminos de bifurcación consecutiva, en laderas de espanto, y en las planicies en éxtasis, entre nubes que asedian y aves de suavidad dura, se tienden como la palma de la mano para adivinar el estado que vendrá en los cielos y roquedales. Caminos en los aleteos del sueño que nos conducen a composiciones de lugar en lo arisco de las miradas, contenidas de tanto vagabundear por recodos de la imaginación.

Los caminos siguen los pasos de la vida y en ellos se diluyen las malas pasadas, dando tránsito a la aventura indeclinable del tiempo.

Los caminos son el eco de la nostalgia y la pesadumbre de rostros cansados. Y también el furor de aventura en perspectiva.

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A: Oscar Correa-Calle y Francisco-Javier García, supérstites de nuestra aula caminera. A: Luis-Carlos Vásquez T., Héctor Gómez-López, Gonzalo Duque-Escobar,… A: Julio y Gustavo Robledo-Isaza, Jaime Guzmán-Mejía, Luis-Emilio Ramírez R…. Todos ellos, como yo, ingenieros de caminos, y de esperanzas; colegas de labores en el torbellino de los días.
 

 

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